Hoy, exactamente hoy, hacen tres años desde que mi papá se fue a vivir al cielo.
Quiero dedicarle unas palabras porque estas fechas me hacen recordarlo y extrañarlo aún más de lo habitual, pero también porque hoy es el último día del año, y aunque antes pensara que eso no me modificaba en nada, hace un buen tiempo, sobre todo desde que estudio, admiro y hablo el lenguaje sagrado de la astrología, entendí que sí nos cambia.
Cambia algo en nuestro interior.
Estamos hechos de la misma sustancia que el cosmos y este, sigue una perfecta y armoniosa lógica de ciclos. Ciclos que comienzan y terminan, que abren y cierran. Ciclos infinitos de principios y finales, siempre ascendentes.
Hoy se cierra un ciclo entre la Tierra y el Sol. Y como nosotros somos células de la Tierra, claro que el final de un año nos modifica, nos interpela. El sol simboliza al padre y mi padre falleció un 31 de diciembre. Si… Hoy definitivamente es un día de cierres y nuevos comienzos para mí.
Y si de amores hablamos, creo que el tema de la pareja y el padre, para una mujer, tienen todo que ver. El padre –o la función paterna, sea quien sea que la ejerza- tiene una enorme influencia sobre nuestras elecciones, casi siempre inconscientes, del hombre o la pareja que elijamos. El padre es el arquetipo de lo masculino para una mujer y a partir de él, se forman muchas imágenes en nuestra psique que, a lo largo de la vida, nos afectan muchísimo.
Mi papá fue un hombre que amó a su mujer, mi mamá, de una forma que pocas veces conocí.
Él tenía una fábrica de ropa y mi mamá, doce años menor que él, era una de las costureras. Ella, era hermosa como pocas, lo sigue siendo. Mi papá se enamoró de mi mamá perdidamente desde el primer instante. Mi mamá no le daba ni cinco de bola. Los dos me solían contar –porque a mí me encantaba preguntarles- que él la perseguía por todos lados y hacía todo lo que pudiera para conquistarla. Ella seguía dándole más o menos... ni cinco de bola. Él persistió y persistió como buen taurino.
Poco a poco la fue conquistando. Mi viejo era un tipo muy carismático, encantador. No era muy lindo; bueno, eso decían los demás, yo siempre lo vi precioso. Con sus ojos color de océano y su simpatía desmedida. Mi papá transformaba lugares y casi siempre lograba lo que quería.
Como mi papá era judío y mi mamá cristiana, se sumaban algunos obstáculos… Mi abuela, la mamá de mi papá, no quería que se juntaran, ¡mucho menos que se casaran! “Mi nene se quiere casar con una goy, ¡qué tragedia!”. Cuando finalmente mi mamá le empezó a dar un poco de bola, mi abuela puso el grito en el cielo e hizo todo lo que estuvo a su alcance para impedirlo, “Aroncito, quiriiido, mira que shooo me mato si te casás con eshaaa” (ponele acento idish).
Seguramente mi viejo se haya sentido entre la espada y la pared, como la carta de Los Enamorados. Pero ¿saben qué? Mi papá se puso los dos huevos bien puestos y se casó igual con mi mamá. Se fueron solos a Buenos Aires para poder concretar la unión (en ese entonces acá no se podía por cuestiones religiosas) y chupate esa mandarina, se casaron nomás. Y formaron una familia enorme, tuvieron ocho hijos y fueron felices, comiendo más que perdices, todas las cosas ricas que cocinó siempre mi mamá. Incluidas las recetas judías que mi abuela le enseñó. Porque con el tiempo se aprendieron a querer. Es que es imposible no querer a mi madre. Mi papá sabía eso más que nadie, que la amó durante 54 años sin parar.
Hasta el último día de vida, mi papá seguía enamorado de ella. Hablaba de mi madre como si siguiera teniendo 16 años, viendo su belleza intacta, mirándola con los mismos ojos enamorados y jurándole amor hasta después de la vida. Supongo que así es. Seguro sigue amándola como el primer día, pero desde otra dimensión.
Yo, que soy la menor de sus ocho hijos y que crecí y viví de cerca ese amor inmortal, seguramente esté esperando lo mismo. Pero que conste que yo soy del mismo signo que mi padre y tengo una personalidad y una esencia bastante similar a la suya -si bien hace un tiempo y con trabajo arduo he decidido soltar ciertas lealtades inconscientes para tomar solo aquello que tenga que ver conmigo y con quien Yo Soy-. Por eso, igual que mi viejo, nunca he sido de esperar a ser conquistada. He sido más de ir tras la conquista. Aunque ahora hice “pido” y me tomé unas vacaciones de guerrera conquistadora. Tal vez sea que estoy cambiando y esté esperando que me conquisten. Ya veremos que depara este nuevo comienzo… ;)
Hoy, el día en el que termina un ciclo, quiero recordar a mi papá como ese hombre valiente, que fue contra todo para hacer lo que en verdad quería: amar a su mujer más allá de todo y de todos, por siempre.
Gracias papá.
