lunes, 17 de julio de 2017

Feliz aniversario, mi amor


El pasado 30 de junio cumplí cuatro años de casada conmigo misma. Con mi lado derecho de la cama. Con prender solo un enchufe de la manta térmica. Con ser dueña de mis dos mesitas de luz. Con mis acostadas a las 5 de la mañana sin necesidad de bajar la música. Con la compu sobre mis piernas para mirar alguna película de amor. Cuatro años pidiendo tres empanadas y después, un solo té.

El 30 de junio cumplí cuatro años de soltera y antes de eso mi vida solía ser así: gusté por primera vez de un niño cuando estaba en jardinera. Después, gusté durante toda la escuela de otro niño, pero nunca fuimos novios. De grandes me confesó que él también gustaba de mí. Un poco tarde. En sexto de escuela me arreglé con quien fue mi primer novio y cuando tenía 15 años, me ennovié de verdad. Pero de verdad, verdad. Estuvimos juntos seis años y fue, probablemente, una de las mejores etapas de mi vida.

El compromiso, el amor en serio y un ser amoroso dispuesto a transformar cada una de mis células, solían ser mis actividades favoritas. Mi foco absoluto de atención. Tu y yo. Todo lo demás, venía después. Cuando crecí comprendí porqué yo era así: conocí mis estrellas y entendí el poder transformador que tiene el amor de pareja en mí.

De ese novio me separé. Pero muy pronto andaría de vuelta enamorada. Amores reales, imaginarios e inventados. A los 23 me volví a ennoviar. Viajé a otro país para estar con él. Así fue durante tres años. Fui, vine, fui, volví, después me quedé y volví a volver ya para quedarme de nuevo acá, pero esta vez, sola otra vez. Al poco tiempo volví a amar. Y a los dos años volví a dejar. Más tarde, casi a los 30, tuve otro novio que duró hasta un 30 de junio de 2013.

Hace cuatro años que estoy soltera y soy una mujer totalmente distinta a la que se enamoró en jardinera, a los 15, a los 22 y a los 26. Después, ya nada fue igual. Mi corazón se asustó como se asusta un niño de las olas cuando estas lo revuelcan y de grande, ya no quiere meterse al mar a nadar. Sabe que se siente agradable, pero tiene miedo. Y aunque lo intente, con solo ver a la ola que se asoma, le invade el terror.

“No te dejás amar”, me dijo un buen hombre hace un par de años atrás y tenía razón. Pero no porque no quisiera. Es que ahora le tengo miedo a las olas y pareciera que todo es más seguro ocupando las dos mesas de luz, durmiendo sola del lado derecho de la cama y soñando sobre el costado masculino de mi corazón. Mejor sola que lastimada, sería el refrán. Y no he vuelto a amar a alguien como en jardinera ni como a los 15 ni a los 26. Ahora amo a muchas otras cosas, tal vez así sea mejor, alguna parte de mí pensó. Y me amo a mí, que no es cosa menor.

Pero lo cierto es que después de cuatro años me está volviendo a picar el bichito del amor. Así que, con este frío que hace hoy, voy a ir prendiendo los dos lados del calienta cama porque mis deseos, suelen ser órdenes para La Gran Creación.

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